lunes, 31 de agosto de 2009

Confesiones de resaca y churros


El caso es que no se bien como empezó todo o como fueron a parar al mismo sitio esa panda de fracasados sin futuro, que se lamentaban sin parar de lo que pudo haber sido, de las horas invertidas en sueños, de los largos besos que soñaron, de los atardeceres rotos y gritos de azufre empezaron a inundar el local.

Venían de una larga noche de fiesta, eso seguro, lo sé por los restos de rímel en el rabillo del ojo, el pelo despeinado y ese olor que desprenden las células del voy a comerme el mundo. Pues lo dicho, que eran 4, dos chicas y 2 chicos, uno de ellos estaba especialmente triste, su amor ya casi de cosecha, se había ido y él no había aprendido a aceptarlo, a ratos tenía la esperanza de que ella iba a volver y a otros blasfemaba y maldecía y la odiaba y sabia que se había acabado, le miraba desde lejos y solté una lágrima o dos por él, me hubiera gustado cogerle de la mano, meterle en la cama y tocarle el pelo hasta que se durmiera.

La carcamusa cubría la mesa cuando el otro empezó , pensé que para tener tanto descaro y tras llevarse la historia a su terreno para parecer victima de todo aquello, era un buen tío, conto como había tenido que rebuscar entre los restos, que nunca fue feliz solo, que le sobraba amor para dar, que una sola mujer no era suficiente, nunca llego a quedar vacio, por eso lo hace, nada más, no era su intención parecer un Bogart de Ciudad Real, él contaba a sus compañeros de resaca que amo y cuido a todas aquellas mujeres, que dio todo lo que tuvo, sin mesura y sin razón, que si alguna vez había herido salido herida habría sido sin querer, porque a veces en el amor te juegas la boca y la mayoría de las veces sales con heridas que son difíciles de cicatrizar, parecía sincero pero no le creí, las otras dos historias fueron similares, aunque más sentidas, con mas adornos, mas dramáticas y exageradas, pero bueno, yo también soy mujer y se bien del sabor amargo de la derrota, el ambiente se lleno de “nuncamequisos” y de “yoloditodos” .

Después de un rato me canse de escucharles, termine de remover mi café, volví a meter la cabeza en Auster y pensé: “Vaya panda de capullos”.

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