jueves, 3 de enero de 2008

La triste y desventurada historia de una adolescente de 30 años I parte

Hoy me he despertado como todos los días, muchas horas antes de que salga el sol.

La vida se me ha cuadrado delante y con mirada inquisidora me ha dicho “ Pequeña, ya esta bien de vivir en una nube, he venido a llevarme los 20 gr. de inocencia, los 14 de ilusión y los 32 de esperanza que te quedaban, es hora de crecer, te he concedido demasiados años y los has desperdiciado, has dejado que se consumieran todos tus sueños y ni siquiera has sido capaz de cumplir ni uno solo de ellos, a partir de ahora debes agachar la cabeza y sufrir”

Yo lógicamente no sabia como tomarme aquello y sin darme cuenta he descubierto a una mujer en el espejo, una mujer que ya no era yo, mucho mas vieja y mucho mas cansada, con un par de arrugas en la frente y con alguna cana en el pelo.

Durante todo el día he estado perdida, jodida y casi desesperada, en un solo momento he perdido lo poco que me quedaba, es como si toda la cordura posible me hubiera caído de repente encima, que peso tan grande, hasta ayer sonreía, levantaba la cabeza, movía así los hombros y me quitaba cualquier estúpida preocupación de la cabeza, pero ahora todo ha cambiado, ya no tengo argumentos, ni siquiera consigo convencerme a mi misma.

En el vagón de los muertos todo seguía igual, el hombre de gafas con su interminable libro de Ken Follett, la niña guapísima y perfecta que siempre me quita mi sitio, todas las mañanas se sienta, apoya la cabeza en el cristal, cierra los ojos y sonríe, me encantaría saber quien es el dueño de esa paz; el chico de la bici, la señora maleducada que no se tapa la boca para toser y me habla a gritos, pensara que estoy sorda, todas las mañanas con esas cosas blancas metidas en los oídos, estúpida chica, pensara; las mismas caras, y los mismos 42 min. de siempre.

Y ya una vez allí, todo sigue igual, de repente una sonrisa cálida, una mirada cómplice, que seria de mi sin él, sin ellos, seguiría perdida. Ocho horas escuchando miserias y penas, ocho horas disimulando, ocho horas temblándome los muslos y los dedos de los pies, con el pelo de la nuca de punta y sin poder gritar, mintiendo, rehuyendo, implorando atención, suplicando que el viento cambie de dirección y me traiga su olor, ocho horas eternas, ocho horas sin ilusión, sin inocencia y sin esperanza.
Publicar un comentario